Esta mañana todo brillaba en el escaparate de la pastelería donde trabajamos, los dulces parecían querer hablar de nuestra felicidad. Así ha sido hasta que ha llegado mi esposa del hospital y ha dicho:
—El hijo que esperamos no es de tu familia.
Mientras ella me explicaba, el sol se ha escondido entre las nubes negras. Entonces, el fuego denso de la ira que corría por mis venas ha dejado paso al frío afilado del acero.
He esperado horas, a que el jefe cerrara y pasara por mis sombras, para hundir mi brazo y apagar toda mi rabia.
3 comentarios:
Genial ese final: y pasara por mis sombras...
A este paso los jefes y las jefas tendrán derecho a eso y a más.
Un abrazo, Fortunata.
¿Una crítica sutil contra la violencia de género?
Si es así, enhorabuena.
Un relato estremecedor y con un final ambiguo. Pero huele a muerte. Un abrazo muy fuerte, querida amiga.
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